Los Tríos, ¿Eres capaz de complacer una fantasía para salvar tu relación de pareja?

Los Tríos, ¿Eres capaz de complacer una fantasía para salvar tu relación de pareja?

Una mujer de 31 años, a quien llamaremos Rebeca acudió a mi consulta muy afectada por una situación que atravesaba con Julio, su esposo desde hacía nueve años y con quien tiene un precioso hijo de ocho. Apenas se sentó frente a mí rompió en llanto y una vez que logró calmarse comenzó su relato:

 

 

“Tenía un matrimonio normal, me sentía muy bien, mi esposo era un hombre cariñoso, un poco pícaro debo reconocer, pero siempre estaba conmigo. Hace tres años tuvo una aventura con una compañera de trabajo a quien traía en su carro después de terminar la jornada laboral, lo descubrí por un mensaje que vi al revisar su teléfono. Él me pidió perdón y decidí darnos una nueva oportunidad pues yo lo había descuidado un poco por mi trabajo y por estar pendiente de las labores de  casa y nuestro hijo.

 Desde hace poco más de un año, cada vez que tomaba licor me decía que tenía la fantasía de hacer un trío, yo no le prestaba atención porque pensaba que su petición era producto del alcohol, pero cada vez se hacía más frecuente hasta que un día lo solicitó de nuevo y hablamos seriamente. Al principio me pareció una locura meter en nuestra cama a otra mujer y me negué rotundamente, hasta el punto de molestarme mucho y pedirle que no tocara más el tema. En efecto, así lo hizo pero se mostraba frio y distante, ya no era tan dulce como solía y comencé a sentir miedo de que tuviese otro romance nuevamente, que me fuera infiel otra vez; así que consideré complacerlo en su fantasía. Siempre he estado muy enamorada de él, lo amo mucho y al final pensé que todos los hombres son infieles por naturaleza así que en esta oportunidad estaría allí para mantenerlo a raya.

Una noche después de la cena y de pensarlo mucho, le hice saber que estaba dispuesta a acceder a su propuesta, al principio no lo creía, pero al constatar que era en serio me dio las gracias y el esposo atento y cariñoso regresó a mí. El siguiente fin de semana salimos a comer y me presentó a una chica muy hermosa, debo admitir, que resultó ser la persona que se involucraría con nosotros.

El encuentro entre los tres tuvo lugar una semana después, tuve que tomar varias copas de vino para darme valor pues algo dentro de mí se resistía a entrar en el juego pero no quería que Julio se distanciara otra vez; la experiencia fue un total desastre pues ver cómo mi esposo se acostaba y disfrutaba con otra mujer fue humillante, y aún más cuando una vez finalizado el encuentro continuó viendo a esa persona además de pedirme repetir la experiencia…”

En principio es importante destacar que la intención no es de ninguna manera establecer juicios de valor, puesto que como punto de partida cada quien tiene el derecho de llevar su vida sexual de acuerdo a sus gustos y preferencias. Si bien existen personas a las que esta experiencia les resulta placentera y no les genera ningún tipo de conflicto, esto no ocurre con quienes van a consulta. Los que acuden a buscar ayuda psicológica exponen sus malestares, incomodidades y heridas, que llegan a ser mortales al amor propio (y al de la pareja) porque lo que se planteó como algo novedoso, excitante, sólo para un grupo exclusivo de “open minds” termina como una pesadilla que deja un muy mal sabor y laceraciones importantes al autoestima.

Si bien la práctica de los tríos es de antigua data, al parecer se ha puesto de moda con el paso de los años, cada vez acuden con frecuencia a consulta personas que plantean la conveniencia o no de realizarlo, o en el caso de Rebeca, van con la desesperada intención de recoger los pedazos que quedaron para reconstruirse y afrontar los altos costos emocionales que esto acarrea.

Al nacer, nos rigen los instintos, somos seres netamente biológicos, es a partir del primer y segundo año de vida que la cultura comienza a moldearnos según sus dictámenes (la nuestra está basada principalmente en los diez mandamientos) se nos enseña lo que está bien y lo que no, lo que es considerado una falta o una cortesía. La cultura es en definitiva, la superestructura que regula la conducta e impone sanciones a quien incumpla sus normas y en la nuestra, para bien o para mal, se establece como normal (palabra que deriva de la estadística como el dato que más se repite)  la vida en pareja (dos personas). Por otra parte, si bien este tema constituye una fantasía muy común que puede llegar a ser excitante, llevarla a la realidad no siempre resulta como se piensa. En la web abundan las recomendaciones para realizar tríos, éstas se basan en su mayoría en los riesgos de contraer enfermedades de transmisión sexual y no toman en cuenta las implicaciones psicológicas que esto conlleva.

Mis observaciones en consulta señalan que en la mayoría de los integrantes del sexo masculino que se obsesionan con participar en tríos, existe un deseo inconsciente de demostrar (o comprobarse) motivado por un ego inmenso, que su hombría es tan grande como para complacer no a una, sino a dos mujeres; que es lo suficiente macho alfa para lograr esa proeza, por otra parte, como rasgo de personalidad se distingue un alto grado de narcisismo. El caso de Rebeca es muy común, pues representa a la mujer “enamorada” (se coloca entre comillas porque el amor tiene otras connotaciones) y emocionalmente dependiente capaz de cualquier cosa por evitar el abandono y/o la infidelidad de su marido (inclusive ir en contra de lo que su intuición le gritaba y caer en el juego de la manipulación) con la ingenua pretensión de que si se encontraba presente podría de alguna manera “fiscalizar” a su esposo, en este punto también encontramos el deseo de controlar al otro en su accionar con sus desastrosos resultados.

Otro aspecto importante a destacar es que cuando dos personas se encuentran en la sexualidad también lo hace su línea ancestral en tanto que se intercambia biología, historia y energía; compartir sexualidad tiene implicaciones que se pierden vista. Cuando dos individuos se unen conforman un universo particular,  se crea un alma de pareja, que posee una identidad propia. En el acontecer de la vida se suscitan crisis, desencuentros que originan malestar y sufrimiento; la mejor forma de salir de la situación que nos aqueja no es precisamente complacer una fantasía, sobre todo cuando el alma propia nos pide a gritos que no accedamos a ello, como tampoco lo es colocarse implantes, cambiar de ciudad, de país, trabajo, etc. En ocasiones la mejor solución a los problemas maritales sobre todo cuando la situación marchita y aniquila nuestra psique es agradecer lo que se vivió y emprender nuestro camino hacia otra dirección.

Como se mencionó al principio, no existe pretensión alguna de juzgar a nadie, sólo que de manera responsable hay que señalar que ciertas prácticas no son para todo el mundo, que quien decide no participar de ninguna manera es un anticuado. No dejarse arrastrar por tendencias novedosas requiere de valor y claridad, así como para poner límites a situaciones que nos hacen daño. Hay puertas que es mejor no abrir.

Pedro J. Palencia C.

Psicólogo

MUJER PROFESIONAL Y EXITOSA ¿SOLTERA E INFELIZ?

MUJER PROFESIONAL Y EXITOSA ¿SOLTERA E INFELIZ?

“Tengo un gran problema, soy muy infeliz…. me siento triste y sola, no me he casado aún, ni siquiera tengo novio y el último que tuve fue un desastre, mi mamá dice que quien tiene suerte con el dinero no tiene suerte en el amor….ya quiero tener una familia, hijos y las cosas con las que sueña toda mujer, siento que el tren se me  pasa, tengo mi profesión, carro, un buen trabajo y apartamento… y no sé por qué a pesar de tener todo eso me siento tan deprimida, le pido a Dios que me envíe a un buen hombre que me haga feliz pero nada…a veces pienso que debe haber algo malo en mí; ya todas mis amigas se casaron o tienen sus hijos y me da rabia ir a sus reuniones porque todas están con sus esposos y yo soy la única que anda de amargada, he pensado seriamente en buscarme a alguien que me embarace y tener aunque sea la alegría de ser madre pero no sé…no quiero ser una vieja cuya única compañía sean loros y gatos…lo único que quiero es tener a alguien que me haga feliz…” 

María Angélica, 32 años.

Abogado

Declaraciones como estas se escuchan con bastante frecuencia en consulta; mujeres atractivas, económicamente estables y “exitosas” acuden en busca de una solución eficaz (por no decir mágica) a sus deseos plausibles de tener un compañero de vida y en consecuencia, una familia bien conformada. En este artículo daremos una pequeña mirada a algunos factores que inciden directamente en este tema.

En primer lugar tenemos que, por lo menos en nuestro país (Venezuela), a las jóvenes que he entrevistado o atendido en consulta, al preguntarles sobre sus proyectos de vida la mayoría señala que les gustaría casarse y tener su primer hijo entre los 26 y 28 años de edad; cosa que no ocurre en otras latitudes donde las personas piensan vivir la experiencia del matrimonio, vida en pareja y/o la maternidad a edades más avanzadas. No pretendo destacar que esto sea bueno o malo, simplemente es algo que nos caracteriza. Al parecer se activa el reloj biológico que indica a las féminas que ya es hora de procrear y están en plena capacidad para ello.

Por otra parte, existe gran presión social y familiar hacia las solteras, principalmente por parte de las mujeres del núcleo familiar (sobre todo las tías) de las pacientes quienes les comentan con sutilidad despiadada: “¿Y qué pasa que no te has casado aún?, ¿De verdad es que no consigues a nadie?, ¿Y por qué si tú eres bonita? (mientras la mirada va de arriba abajo cual scanner en busca de algún defecto), ¡Se te va a pasar el autobús! ¡Mira que es muy triste estar sola!  Pareciera que una mujer que no se haya casado o no tenga pareja es sospechosa de que algo malo sucede con ella, tiene mal carácter, es muy cuaima*, su desempeño en la cama o habilidades amatorias son deficientes e incluso, se ponen en entredicho sus preferencias sexuales.

Igualmente existe la creencia popular de que una mujer que se molesta con facilidad o que tiene mal genio cambiaría su actitud si encontrara marido o una persona que le “haga el favor”.  Con respecto a este punto consideremos que, si estar con el consorte fuese garantía de felicidad, no existirían las rupturas, peleas, discusiones o divorcios y, en consecuencia, la depresión no representara uno de los principales motivos de consulta; además, las mujeres casadas tampoco asistirían a psicoterapia porque se sienten infelices. Estos razonamientos se encuentran arraigados en nuestro inconsciente, por eso los tomamos como verdades absolutas con sus nefastas consecuencias.

Somos animales gregarios, esto significa que tenemos necesidad de pertenecer, formar parte de un grupo, de vivir en amor con alguien (hombre-mujer, hombre-hombre o mujer-mujer) según sea el caso. Requerimos alejar a la “terrible soledad” para co-existir con las personas que queremos; de niños eran nuestros padres, hermanos, abuelos, primos; y de adultos, nuestra pareja e hijos. A pesar de que dedicamos bastante tiempo y energía en la búsqueda de riqueza, poder, crecimiento profesional, prestigio y reconocimiento social; no existe ningún área de la vida donde existan mayores promesas, deseos y expectativas (además de tristeza, frustración y angustia) que en el ámbito de la pareja.

Al partir de la convicción de que la felicidad es un regalo que alguien pone a nuestros pies, ocurre que pretendemos que la pareja sea la “pócima” para todas nuestras dolencias afectivas, y la responsabilizamos de nuestro destino al ponerlo en sus manos, sin tener conciencia de que se le entrega autoridad y poder que no le corresponde, en tanto que, la obligación de hacer feliz al otro pudiera representar una carga muy pesada.

En otros casos, este poder pudiera convertirse en el arma que se use para arremeter en contra nuestra como fuente de sufrimiento. Al final de la relación, o de nuestro paso por el mundo, lo que queda es afirmar con amarga resignación que no tuvimos suerte, que la vida no es fácil y mucho menos el matrimonio o la vida en pareja…

A quienes anhelan una relación para encontrar felicidad, como en el caso de María Angélica, reseñado en el primer párrafo, les tengo una noticia: la pareja no da felicidad, puede darte vinculación, sexualidad, compañía, sentido de pertenencia, crecimiento, ternura… La pareja puede brindarte felicidad pero NO tiene el poder de hacerte felizLa felicidad es otra cosa, un estado mental, una decisión que se toma a pesar de las circunstancias que nos toque (o elijamos) vivir, tengamos pareja o no. La felicidad sólo depende de nosotros mismos y de un claro conocimiento del SER que se obtiene a través de la reflexión y este es un proceso que propicia la psicoterapia ejercida por un profesional serio formado en esta área.

En el  momento en que te dispongas a SER feliz, lo demás vendrá por añadidura.

Y mientras tanto, ¿Qué hacer con la temible soledad?, sobre este tema hablaremos en la siguiente entrega…