Hace unos días me encontré con un gran amigo quien vive en otra ciudad después de algunos años sin verle, luego de los saludos de rigor y de actualizarnos con las cosas que ha hecho cada quien, le pregunté por un restaurant donde además de servir  suculenta comida tenía un ambiente muy agradable, era un pequeño oasis donde los clientes acudían a pasarla bien, era un lugar que se distinguía por su “buena vibra” y por largas filas para entrar; me respondió que el negocio no era ni la sombra de lo que solía ser, sus palabras fueron “se le secó el alma”.

Esa expresión hacía círculos en mi mente una vez que nos despedimos. ¿Cómo podía un negocio tener alma? Y de poseerla, ¿cuáles fueron los factores que determinantes para que eso ocurriera? Según el diccionario de la Real Academia Española, el término alma tiene, entre otras, las siguientes definiciones: 1) Principio que da forma y organiza el dinamismo vegetativo, sensitivo e intelectual de la vida. 2) Sustancia o parte principal de cualquier cosa.

Al extrapolar lo ocurrido con este restaurant al ámbito organizacional surgió inmediatamente la interrogante, ¿pueden entonces las empresas tener alma?; considero que la respuesta es un rotundo sí, en tanto que ésta se encuentra representada por la suma de energía psíquica que aporta cada trabajador, dicha energía, a su vez es conformada por las emociones reinantes en quienes conforman la empresa, es decir, del grupo. Que la empresa posea objetivos claros, excelentes estrategias de marketing, enormes cantidades de recursos financieros, tecnología de punta,  los mejores sueldos a ofrecer, etc;  no le garantiza el éxito en sus ventas ni la permanencia y/o fidelidad de su  talento humano. El alma se nutre de las interacciones relacionales provenientes de una estructura lo más aplanada posible y basada en valores como el respeto, la disciplina, el reconocimiento, la honestidad, responsabilidad tanto de sus trabajadores de base hacia sus superiores como supervisores, gerentes, directores, presidente, accionistas y viceversa.

Para percibir el alma de la organización sólo hay que ser un poco observador, muchas personas señalan de  manera curiosa (pues se involucran los sentidos), que se puede “respirar” la armonía o que el interactuar con elementos de ese lugar les deja un mal “sabor” o “escalofríos”; si bien todas estas sensaciones pueden corresponder al campo de las percepciones individuales, es innegable que el alma del grupo no solo se distingue allí, sino que propicia que la empresa sea  rentable y sostenible.

Las organizaciones con alma son aquellas que entienden que sus trabajadores son más que un recurso o un medio para alcanzar sus objetivos, ven el esplendor de cada colaborador y le animan a descubrirlo, para que el trabajo sea una forma de ejercer su dignidad.

Así como necesitamos disfrutar de una excelente obra de teatro, de la pintura, la música de alguna agrupación, de apreciar una coreografía y de todas esas cosas que alimentan nuestro espíritu; igualmente  requerimos adquirir productos y servicios de calidad. Bien hechos por empresas (grandes, pequeñas, unidades de producción, cooperativas, etc.), sean herramientas, zapatos, repuestos, ropa, alimentos, etc. Cualquier cosa que compremos lleva la impronta del alma de la persona o grupo que  participó en su elaboración. No importa el rol que nos toque desempeñar (propietarios, inversores, gerentes, trabajadores, líderes de grupo, entre otros), el mundo requiere de organizaciones que generen felicidad a sus trabajadores, proveedores, clientes y al ecosistema; para ello debe gestar deliberadamente un alma que la distinga y que haga conexión con quienes se relacione.

Pedro J. Palencia C

Psicólogo